10 mitos médicos: ¿en cuántos sigues creyendo? 7/10

Por Dr. Horst Gross, traducido del original 10 Medizin-Irrtümer, die sich hartnäckig halten (alemán) 10 Medical Myths: How Many Do You Still Believe? (inglés)

Ducharse después de los puntos.

Mito: Las heridas quirúrgicas cerradas con suturas o grapas no deben entrar en contacto con el agua hasta que se retiren las suturas, generalmente después de 10-14 días.

Evidencia: Para heridas quirúrgicas limpias y cerradas, principalmente sin drenajes, la evidencia, entre otras una revisión de Cochrane de 857 pacientes, no encontró un aumento estadísticamente significativo en el riesgo de infección de la herida con duchas cuidadosas dentro de las 24-48 horas (riesgo relativo, 0.96; IC del 95%, 0.62-1.48).

Duchas breves con agua del grifo o jabón suave son apropiadas, siempre que la herida no sea frotada. Se deben evitar las inmersiones prolongadas y el uso de baños completos. Se requiere mayor precaución en pacientes con cicatrización de heridas comprometida o con drenajes quirúrgicos. Una revisión sistemática y un metanálisis encontraron que ducharse después de la cirugía primaria no aumenta el riesgo de infecciones en el sitio quirúrgico ni de complicaciones en la herida. La evidencia disponible se aplica principalmente a heridas pequeñas y aún no se ha establecido para heridas quirúrgicas más grandes.

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Por Dr. Horst Gross, traducido del original 10 Medizin-Irrtümer, die sich hartnäckig halten (alemán) 10 Medical Myths: How Many Do You Still Believe? (inglés)

Aplicación del protector solar
Mito: Los protectores solares químicos deben aplicarse entre 20 y 30 minutos antes de la exposición al sol porque los filtros ultravioleta (UV) necesitan tiempo para activarse en la piel.

Evidencia: Los filtros UV químicos comienzan a absorber la radiación UV tras su aplicación y no requieren un periodo de activación química o física. La recomendación de aplicar el protector solar entre 15 y 30 minutos antes de la exposición al sol se basa principalmente en el tiempo necesario para que el producto se seque y forme una película protectora homogénea y mecánicamente estable sobre la piel.

La protección puede verse comprometida antes de lo previsto si el producto se expone al agua o se ve alterado mecánicamente por la ropa antes de que la película se haya fijado adecuadamente.

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Suplementos de hierro por vía oral

Por Dr. Horst Gross, traducido del original 10 Medizin-Irrtümer, die sich hartnäckig halten (alemán) 10 Medical Myths: How Many Do You Still Believe? (inglés)

Mito: Los pacientes con anemia por deficiencia de hierro deben tomar dosis elevadas de hierro por vía oral entre una y tres veces al día para reponer las reservas de hierro lo antes posible.

Evidencia: Las dosis orales de hierro de 60 a 100 mg o superiores provocan un pico de hepcidina sérica —una hormona hepática que regula el equilibrio del hierro— durante 24 a 48 horas, lo que impide que el intestino absorba el hierro sobrante. Esto puede reducir la absorción fraccional * de las dosis administradas al día siguiente.

La administración en días alternos evita esta respuesta pronunciada de la hepcidina, aumenta la absorción fraccionada de hierro y mejora la tolerabilidad gastrointestinal, al tiempo que mantiene una reposición de hierro comparable o adecuada a lo largo del tiempo.

* La absorción fraccional es la proporción (o fracción) de una sustancia administrada —por ejemplo, un nutriente o un fármaco— que es efectivamente absorbida desde el tracto gastrointestinal hacia la circulación sistémica, en relación con la dosis total ingerida.

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Por Dr. Horst Gross, traducido del original 10 Medizin-Irrtümer, die sich hartnäckig halten (alemán) 10 Medical Myths: How Many Do You Still Believe? (inglés)

Mito: Las heridas se curan más rápido y mejor cuando se dejan al aire para que se forme una costra seca.

Evidencia: Una revisión destacó que mantener un entorno húmedo en la herida previene la muerte celular causada por la desecación y favorece la migración de los queratinocitos, la angiogénesis y la síntesis de colágeno. Las costras gruesas y secas pueden retrasar mecánicamente la reepitelización. Otra revisión resumió el tratamiento de las heridas y concluyó que una limpieza adecuada de la herida ayuda a protegerla contra la contaminación, reduce el dolor durante los cambios de apósito y favorece un lecho de herida sano, tanto en heridas agudas como crónicas.

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Por Dr. Horst Gross, traducido del original 10 Medizin-Irrtümer, die sich hartnäckig halten (alemán) 10 Medical Myths: How Many Do You Still Believe? (inglés)

Ayuno antes de la cirugía

Mito: Antes de una cirugía programada, los pacientes deben comenzar un ayuno estricto a medianoche y no deben ingerir líquidos en las 2 horas previas a la anestesia.

Evidencia: Las directrices de las sociedades profesionales, incluida la Sociedad Europea de Anestesiología y Cuidados Intensivos, recomiendan que los adultos sanos puedan consumir líquidos claros o traslúcidos, como agua, té o café sin leche, y zumos claros, hasta dos horas antes de la inducción de la anestesia. Por lo general, se deben evitar los alimentos sólidos durante las seis horas previas a la anestesia. Estas recomendaciones se establecieron en las guías perioperatorias de la Sociedad Europea de Anestesiología y se han abordado con mayor detalle en las guías actualizadas.

Permitir la ingesta de líquidos claros más cerca de la cirugía puede reducir la sed, las molestias y la deshidratación. Ademas, en la práctica, los retrasos en los horarios quirúrgicos pueden dar lugar a un ayuno innecesariamente prolongado. Los enfoques más recientes, como el «sip till send» (beber a sorbos hasta que te lleven a quirófano), permiten a los pacientes seguir bebiendo líquidos claros a sorbos hasta que se les llame para la cirugía.

Estos enfoques se están evaluando e incorporando a los protocolos locales. Los estudios realizados con ecografía abdominal han demostrado que se dan volúmenes gástricos bajos sin que se observe un aumento de la incidencia de aspiración en la práctica clínica. Una iniciativa de mejora de la calidad de 2024 también evaluó estrategias para mejorar el cumplimiento de las recomendaciones de ayuno perioperatorio.

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Mito: Nunca se debe consumir alcohol mientras se toman antibióticos. El consumo moderado de alcohol mientras se toma metronidazol provoca inevitablemente una reacción grave similar a la del disulfiram.

Evidencia: En el caso de los antibióticos más utilizados, incluidas las penicilinas, las cefalosporinas y los macrólidos, el consumo moderado de alcohol no produce interacciones farmacocinéticas ni tóxicas clínicamente relevantes. Una revisión sistemática reveló que las auténticas reacciones similares a las del disulfiram, causadas por la inhibición de la aldehído deshidrogenasa, se asocian principalmente con un pequeño número de cefalosporinas que contienen una cadena lateral de N-metiltiotetrazol, como el cefotetán y la cefoperazona (no están comercializadas en España). Sin embargo, la evidencia relativa al cotrimoxazol es limitada. En el caso del metronidazol, los estudios controlados en humanos no mostraron picos tóxicos de acetaldehído en sangre. Sin embargo, el alcohol puede agravar los efectos adversos gastrointestinales, como náuseas, vómitos y mareos, y se han publicado casos clínicos de estas reacciones. Un estudio anterior no encontró pruebas de una reacción similar al disulfiram entre el metronidazol y el etanol.

Un estudio de casos y controles de 2023 también evaluó la posible interacción. Por este motivo, la información de prescripción del metronidazol sigue recomendando la abstinencia del alcohol para prevenir una reacción similar a la del disulfiram.

(N del T.: Esta última frase es traducción de «For this reason, prescribing information for metronidazole continues to recommend abstinence from alcohol to prevent a disulfiram-like reaction.») No se corresponde con las conclusiones del artículo que cita. La traducción desde el alemán original dice: «En cuanto al metronidazol, los estudios controlados en humanos no han podido demostrar un aumento tóxico de acetaldehído. Sin embargo, dado que los efectos secundarios gastrointestinales, como náuseas, vómitos y mareos, pueden acumularse y existen informes de casos aislados, la información técnica sobre el metronidazol sigue recomendando la abstinencia como medida de precaución 4,5,6«

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Por Dr. Horst Gross, traducido del original 10 Medizin-Irrtümer, die sich hartnäckig halten (alemán) 10 Medical Myths: How Many Do You Still Believe? (inglés)

Los mitos médicos pueden persistir en la práctica clínica durante años, incluso después de que la evidencia los haya puesto en tela de juicio. Desde la preparación para una colonoscopia y una intervención quirúrgica hasta el uso de antibióticos, el cuidado de las heridas y las pruebas de detección de la vitamina D, es posible que varias recomendaciones habituales no reflejen la evidencia actual. A continuación, presentamos 10 mitos médicos persistentes y la evidencia correspondiente.

Dieta líquida estricta antes de una colonoscopia

Mito: Antes de una colonoscopia, los pacientes deben seguir una dieta de líquidos claros durante 1 o 2 días para limpiar el intestino de forma adecuada.

Evidencia: Una dieta baja en fibra el día anterior a la colonoscopia proporciona una limpieza intestinal comparable a la que se consigue con una dieta de líquidos claros (Odds Ratio 0,96; IC del 95 %: 0,72-1,29) y no reduce la tasa de detección de adenomas (OR 1,03; IC del 95 %: 0,86-1,23). Una revisión sistemática con metanálisis mostraron que los pacientes que seguían una dieta baja en residuos experimentaban menos hambre (OR, 0,36) y náuseas (OR, 0,72) y se mostraban más dispuestos a someterse a una nueva colonoscopia (OR, 2,23). Otro metanálisis presentó resultados similares. Además del tipo de dieta, la administración oportuna de la preparación intestinal en dosis fraccionadas, conocida como «dosificación fraccionada», se considera universalmente el estándar clínico de atención para optimizar la calidad de la preparación intestinal para la colonoscopia.

Exploración física en adultos asintomáticos

por Minali Nigam, M.D., Allan H. Goroll, M.D., y Adam S. Cifu, M.D. en N Engl J Med 2026;395:923-925

Caso clínico

Un hombre sano en una visita rutinaria de atención primaria

Eres médico de atención primaria en un centro de salud comunitario. Un hombre de 60 años sin ninguna enfermedad crónica conocida acude a tu consulta para una visita rutinaria, acompañado de su esposa. Le haces la anamnesis. Está al día con las pruebas de detección de cáncer y las vacunas adecuadas para su edad. La última vez que acudió a un médico de atención primaria fue hace varios años. El paciente afirma que, en general, se encuentra bien y que no tiene ninguna nueva preocupación médica. Toma famotidina para tratar una enfermedad por reflujo gastroesofágico ocasional y trazodona para ayudarle a dormir. No ha habido cambios recientes en su medicación. Trabaja como arquitecto y vive con su esposa, con quien lleva casado 20 años, y quien le animó a volver a acudir a un médico de atención primaria. El paciente consume dos o tres bebidas alcohólicas a la semana y no fuma.
Hoy, en la consulta, su presión arterial es de 126/88 mm Hg, la frecuencia cardíaca de 72 latidos por minuto y la saturación de oxígeno del 98 % mientras respira aire ambiente. Decides solicitar un estudio de laboratorio que incluya un hemograma completo, un perfil metabólico completo, un perfil lipídico, la medición del nivel de hemoglobina glicosilada y pruebas de función tiroidea.
Por lo demás, el paciente goza de buena salud y no presenta síntomas. Debe decidir si debe realizar una exploración física rutinaria durante la visita o si no es necesaria.

¿Cuál de los siguientes enfoques recomendaría? Base su elección en la bibliografía, su propia experiencia, las guías publicadas y otra información.

  1. Realizar un reconocimiento físico rutinario.
  2. No realizar un reconocimiento físico rutinario.

Para ayudarle en su toma de decisiones, hemos pedido a expertos en la materia que resuman la evidencia a favor de cada una de las opciones. Cada opción fue asignada a un experto por los editores, en lugar de ser elegida por el propio experto. Teniendo en cuenta sus conocimientos sobre el tema y los argumentos expuestos por los expertos, ¿qué enfoque elegiría?

OPCIÓN 1
Realizar un reconocimiento físico rutinario.
Allan H. Goroll, doctor en Medicina

Existen múltiples razones de peso para realizar un reconocimiento físico inicial exhaustivo a un hombre de 60 años que acude a atención primaria. Estas razones van desde establecer la confianza y forjar una alianza terapéutica hasta abordar las preocupaciones del paciente, satisfacer sus expectativas y detectar hallazgos físicos que no deben pasarse por alto.


Una gran cantidad de pruebas, resumidas en una reciente revisión sistemática y un metaanálisis, subraya lo que los profesionales sanitarios siempre han sabido: que el contacto físico fomenta la relación y la confianza.1 Omitir la exploración física supone perder la oportunidad de sentar estas bases fundamentales para una atención eficaz al paciente. Abordar las preocupaciones del paciente a través de componentes específicos de la exploración física contribuye a generar esa confianza y transmite el mensaje de que sus inquietudes se escuchan y se toman en serio. Realizar un examen físico puede reducir las pruebas innecesarias y el riesgo de responsabilidad civil, que se derivan de la percepción que tienen los pacientes de incompetencia y falta de interés.2,3

La mayoría de los pacientes que acuden a un centro de atención primaria para un examen preventivo esperan ser examinados a fondo y valoran menos favorablemente a su médico cuando no se cumple esta expectativa. Un estudio realizado con 452 pacientes sanos en la clínica de atención primaria del Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) de West Haven demostró que la percepción que tenían los pacientes de la competencia del médico y de la calidad de la atención recibida se correlacionaba con su capacidad para recordar la realización de determinadas maniobras del examen físico.4 Los pacientes que tenían una mejor opinión de su médico recordaban una media de 8,20 maniobras, mientras que aquellos con una opinión menos favorable recordaban una media de 4,44 maniobras. Responder a esta expectativa generalizada con un examen físico sistemático transmite una sensación de atención y minuciosidad. Como se desprende del estudio del VA, omitir el examen o realizarlo de forma superficial conlleva el riesgo de una menor satisfacción del paciente y de que surjan dudas sobre la competencia del médico.


Aunque pocos elementos del examen físico inicial, aparte de la medición de la presión arterial, aportan pruebas definitivas de que reducen la mortalidad, varios de ellos merecen ser tenidos en cuenta. Este paciente, debido a su edad y sexo, presenta un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y cáncer. Estos riesgos potenciales abogan, como mínimo, por un reconocimiento dirigido que detecte signos que no deben pasarse por alto de enfermedad aterosclerótica y cánceres tratables, los cuales se beneficiarían de una atención temprana durante la fase asintomática. Entre los aspectos que deben revisarse durante el reconocimiento se incluyen lesiones cutáneas con pigmentación atípica, linfadenopatía indolora en la región cervical posterior o supraclavicular, nódulos mamarios, soplos vasculares y pulsos debilitados. Este tipo de revisión siempre puede dar lugar a pruebas innecesarias, preocupación y un tratamiento excesivo, pero tener en cuenta el contexto y establecer un umbral de intervención elevado debería limitar el riesgo de daños. Un ejemplo de ello es la recomendación «D» (no realizar) emitida por el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de EE. UU. (U.S. Preventive Services Task Force) respecto al cribado de la enfermedad de la arteria carótida, principalmente porque los médicos suelen recurrir a la revascularización carotídea de alto riesgo en lugar de limitarse al tratamiento médico.⁵

El tiempo es un bien escaso en la práctica clínica moderna, especialmente en la atención primaria. Merece una seria consideración la reducción de las tareas administrativas de escaso valor para liberar tiempo destinado a una exploración física de 10 minutos, cuidadosamente orientada, que genere confianza, aborde las preocupaciones y detecte hallazgos potencialmente importantes. La recompensa en términos de creación de vínculos, satisfacción del paciente y reducción del riesgo representa una excelente inversión de tiempo.

OPCIÓN 2
No realizar un reconocimiento físico rutinario
Dr. Adam S. Cifu

El médico de atención primaria descrito en la viñeta no debería realizar un reconocimiento físico. El reconocimiento físico es una prueba diagnóstica que se utiliza para evaluar hipótesis generadas durante la anamnesis. En el caso de adultos asintomáticos que acuden a una visita rutinaria, no existen hipótesis que el reconocimiento deba comprobar. Por lo tanto, existen argumentos de peso para afirmar que no se debe realizar el reconocimiento físico rutinario.

Muchos médicos sostienen que el reconocimiento es valioso para la detección precoz de enfermedades no diagnosticadas. Sin embargo, como prueba de cribado, no se ha demostrado que el reconocimiento físico rutinario reduzca la mortalidad ni mejore la calidad de vida. Una serie de revisiones sistemáticas bien realizadas, publicadas por la Administración de Veteranos (VA), concluyó que no se recomiendan los reconocimientos médicos rutinarios exhaustivos para adultos asintomáticos.⁶ Un análisis Cochrane más reciente de 17 ensayos aleatorizados demostró que los chequeos médicos generales tienen poco o ningún efecto a la hora de reducir el riesgo de muerte por cualquier causa, incluidos el cáncer y las enfermedades cardiovasculares.⁷ Estos chequeos médicos generales incluían reconocimientos médicos rutinarios, junto con otras intervenciones de cribado.

Más allá de la falta de evidencia que demuestre una mejora en los resultados, el examen físico durante las visitas rutinarias puede perjudicar a los pacientes, tensar la relación médico-paciente y aumentar los costes económicos. Realizar un examen a una persona en la que la probabilidad previa a la prueba de padecer una enfermedad es mínima da lugar a resultados falsos positivos, lo que dificulta la interpretación de los resultados positivos. Este problema se ve agravado aún más porque la mayoría de los hallazgos de los exámenes se asocian con bajas sensibilidades y especificidades. En un análisis, solo el 28 % de los hallazgos positivos en la exploración física se asociaron con razones de verosimilitud positivas clínicamente relevantes.⁸ Un ejemplo es la detección de crepitantes en una exploración pulmonar de un adulto sano. La razón de verosimilitud positiva más alta descrita para este hallazgo como predictor de infiltrado pulmonar en un paciente con tos aguda es de 2,7.⁹ Incluso con una probabilidad previa a la prueba del 0,1 %, que probablemente sea una sobreestimación en una persona sana, la probabilidad posterior a la prueba es solo del 0,27 %. Por lo tanto, es probable que los reconocimientos físicos en una población asintomática provoquen ansiedad y gastos innecesarios, así como un exceso de pruebas, un sobrediagnóstico y un sobretratamiento.

Dedicar el limitado tiempo clínico a los reconocimientos físicos rutinarios supone una carga adicional para los médicos de atención primaria, que ya están sobrecargados. Las visitas de atención preventiva para poblaciones sanas son valiosas si incluyen intervenciones específicas basadas en la evidencia, pero no si se recurre a prácticas que suponen un despilfarro. Algunos médicos sostienen que el reconocimiento físico rutinario refuerza la alianza terapéutica entre el paciente y el médico. De hecho, puede que ocurra justo lo contrario. Por ejemplo, aunque decirle a un paciente que el examen cardiovascular es normal podría tranquilizarlo, esto podría perjudicar la relación si resultara ser falso. El tiempo valioso debería dedicarse a una conversación productiva, en lugar de a un acto meramente simbólico.


Renunciar al reconocimiento físico rutinario resultará difícil, ya que se ha convertido en una parte habitual de la visita anual y los pacientes lo dan por sentado.⁴ Sin embargo, existen precedentes de abandono de prácticas habituales cuando su valor clínico se considera marginal. Se han abandonado los exámenes rutinarios de próstata, los exámenes pélvicos cuando no están indicadas las citologías de Papanicolaou (Pap) y los exámenes testiculares. Deberíamos centrarnos en proporcionar una atención al paciente que sea necesaria, basada en la evidencia y en el valor, en lugar de una atención que se espera pero que puede resultar perjudicial.

Bibliografía

  1. Packheiser J, Hartmann H, Fredriksen K, Gazzola V, Keysers C, Michon F. A systematic review and multivariate meta-analysis of the physical and mental health benefits of touch interventions. Nat Hum Behav 2024;8:1088-1107.
  2. Müskens JLJM, Kool RB, van Dulmen SA, Westert GP. Overuse of diagnostic testing in healthcare: a systematic review. BMJ Qual Saf 2022;31:54-63.
  3. MLMIC Insurance Company. MLMIC insight: inadequate patient assessments contribute to diagnostic errors and substandard treatment. September 22, 2020 (https://www.mlmic.com/blog/lapses-in-the-diagnostic-process-can-lead-to-liability-claim/
  4. Duan L, Mukherjee EM, Federman DG. The physical examination: a survey of patient preferences and expectations during primary care visits. Postgrad Med 2020;132:108.
  5. US Preventive Services Task Force, Krist AH, Davidson KW, et al. Screening for asymptomatic carotid artery stenosis: US Preventive Services Task Force recommendation statement. JAMA 2021;325:476-481.
  6. Bloomfield HE, Wilt TJ. Evidence brief: role of the annual comprehensive physical examination in the asymptomatic adult. Washington, DC: Department of Veterans Affairs, 2011 (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK82767/).
  7. Krogsbøll LT, Jørgensen KJ, Gøtzsche PC. General health checks in adults for reducing morbidity and mortality from disease. Cochrane Database Syst Rev 2019;1:CD009009-CD009009
  8. Kennedy K, Stern SDC, Cifu AS. Diagnostic reasoning and the accuracy of findings in the history and physical examination. Sensible Medicine. November 30, 2022 (https://www.sensible-med.com/p/diagnostic-reasoning-and-the-accuracy).
  9. Diehr P, Wood RW, Bushyhead J, Krueger L, Wolcott B, Tompkins RK. Prediction of pneumonia in outpatients with acute cough — a statistical approach. J Chronic Dis 1984;37:215-225.

¿Revolución o espejismo? El debate sobre el cambio de paradigma en la medicina actual

¿Necesita la medicina un cambio de paradigma? por Dr Juan de Dios Colmenero Castillo


Ciertamente, el continuo avance técnico y la creación de los sistemas sanitarios públicos y privados han cambiado el rol de los profesionales de la medicina, que han pasado de ejercer y asumir todas las responsabilidades de forma individual, a formar parte de un amplio cognitariado que trabaja de forma conjunta a sueldo de un proveedor de servicios. Esto no implica que la filosofía y los principios éticos en los que se fundamenta cualquier acto médico hayan cambiado sustancialmente.

Tradicionalmente, todas las grandes estructuras, políticas, sociales, económicas o científicas se han regido por un paradigma, entendido este como un modelo, un conjunto de ideas que les sirve como marco de referencia para interpretar la realidad, tomar decisiones y resolver problemas. La medicina no ha sido ajena a este principio y siempre se ha sustentado en las teorías, métodos y valores que se consideraron los más adecuados para interpretar la naturaleza de la enfermedad y desarrollar su actividad en cada época concreta.

A principios de los años 90 del pasado siglo, de la mano de David Sackett y Gordon Guyatt de la Universidad McMaster en Canadá, se produjo la transición de una medicina basada en signos patognomónicos y experiencia empírica, vigente durante más de un siglo, hacia la Medicina Basada en la Evidencia (MBE), una forma de contemplar la medicina como una ciencia menos intuitiva, más objetiva, cuantitativa y verificable.

Aunque la MBE ha supuesto un avance científico incuestionable, no puede ser considerado un paradigma inmutable; ninguno lo es. De hecho, en los últimos años la MBE ha sido objeto de severas críticas por parte de amplios sectores de la comunidad médica. Sus detractores señalan que el modelo ha sido distorsionado, en cierta medida, por el excesivo protagonismo de la industria farmacéutica que, en última instancia, es quien diseña y financia los ensayos clínicos, pensando más en defender sus intereses que en la búsqueda de las evidencias de mayor valor para la salud pública.


En abril de 2003, cincuenta años después de que Watson y Crick describieran la estructura del ADN, el doctor Francis Collins director del Proyecto Genoma Humano, comunicó la culminación exitosa del diseño original, tras lograr decodificar el 99% del genoma con una precisión del 99.9%. Nombrado en 2009 por el presidente Barack Obama director de los National Institutes of Health, Collins ha sido uno de los mayores impulsores de la idea de un cambio de paradigma en la medicina actual y de que este cambio debería venir de la mano de la genética.

En el momento actual, tras la progresiva simplificación y abaratamiento de las técnicas de secuenciación masiva, los continuos avances biotecnológicos aplicables a la medicina y el desarrollo exponencial de la IA, es común escuchar entre científicos, gestores e incluso médicos asistenciales que ese nuevo paradigma ya ha llegado. A esta nueva forma de entender la práctica asistencial se ha acordado denominarla, con cierta arrogancia, medicina de precisión (MP).

A lo largo de la historia, la arrogancia ha demostrado ser un catalizador de grandes desastres, pero los arrogantes sin duda desconocen que, hasta la fecha, nadie ha muerto asfixiado por tragarse su orgullo. Sabedor de ello, Albert Einstein sostenía que “lo único más peligroso que la ignorancia es la arrogancia”.

Según sus promotores, la MP es un nuevo modelo que apuesta por un cambio taxonómico de las enfermedades y de los enfoques diagnósticos y terapéuticos actuales, por un abordaje individualizado que integra, mediante tecnologías informáticas avanzadas, las características genéticas de cada individuo, sus antecedentes personales, su entorno y estilo de vida. Este nuevo paradigma, pretende transformar radicalmente la atención al paciente, promete prevenir las enfermedades individualmente, reducir la demora diagnóstica, personalizar los tratamientos evitando cualquier efecto adverso, mejorar la supervivencia y prolongar una vida saludable. Todo ello, mejorando además la eficiencia de los sistemas sanitarios y facilitando su sostenibilidad.

No cabe ninguna duda de que algunos logros recientes basados en la secuenciación, edición genética, biotecnología molecular y farmacogenética han supuesto avances muy importantes en el diagnóstico precoz de enfermedades raras neurodegenerativas, neuromusculares, mitocondriales y errores congénitos del metabolismo, así como en el tratamiento de algunos tipos de cáncer. Valgan como ejemplos, el tratamiento con imatinib o trastuzumab, fármacos que han transformado por completo el tratamiento y el pronóstico de la leucemia mieloide crónica o los tumores de mama que expresan la proteína HER2. Sin embargo, cabe preguntarse: más allá de patologías concretas y 15 años después de su lanzamiento, ¿ha cumplido la Iniciativa de MP las expectativas creadas?, ¿contribuirá decisivamente la MP a reducir las principales causas de morbimortalidad?

Hasta el momento, se estima que globalmente se han invertido en impulsar iniciativas de MP entre 120,000 y 138,000 millones de dólares. Solamente España ha movilizado más de 2,800 millones de euros en los últimos cinco años a través del Plan Estratégico PERTE de Salud de Vanguardia. A pesar de ello, en opinión de reconocidos científicos y analizando la experiencia acumulada en múltiples estudios, existe un fuerte desequilibrio entre los recursos invertidos y los resultados en salud logrados. Desequilibrio especialmente doloroso en un momento en que los sistemas sanitarios públicos sufren una fuerte crisis derivada, en parte, de problemas de infrafinanciación.

Las razones del importante escepticismo generado por los resultados de la MP son múltiples. En primer lugar, la creencia en el determinismo genético se ha visto ampliamente contestada al constatarse el bajo poder predictivo de los genes en la explicación de la mayoría de las enfermedades prevalentes. A diferencia de las enfermedades monogénicas, la mayoría de las enfermedades prevalentes son causadas por la interacción compleja entre múltiples genes y factores ambientales, lo que supone un gran desafío para la implementación generalizada de la MP en el mundo real.

En segundo lugar, la continua difusión de biomarcadores potencia la creación de “pacientes presintomáticos”, es decir, personas sanas medicalizadas debido a una probabilidad más o menos alta de que algún día lleguen a enfermar. La consecuencia directa es que estas personas quedan atrapadas en un proceso de incertidumbre a la espera de que, en algún momento, se manifieste una enfermedad para la que están presuntamente predeterminados. Esta preocupación cobra mayor relevancia debido a la amplia batería de pruebas genéticas, y farmacogenómicas ofertada directamente a los consumidores a través de empresas privadas, lo cual está generando inquietud entre investigadores y médicos debido a que muchas de estas pruebas tienen importantes limitaciones de especificidad en diferentes escenarios clínicos. Muy expresivo en este sentido es el conocido como “affaire Theranos”, una startup fundada en Silicon Valley en 2003 que prometía revolucionar el mercado de las pruebas diagnósticas, comercializando un sistema capaz de procesar con fiabilidad más de 200 parámetros analíticos, (incluidos algunos genéticos), usando tan solo una gotas de sangre mediante punción capilar. Con este mensaje logró más de 700 millones de dólares de inversores y alcanzó en los mercados una valoración de 10.000 millones de dólares. Colapsó en 2018 y su fundadora fue acusada de fraude a los inversores y condenada a 11 años de cárcel.

En tercer lugar, una aseveración no suficientemente contrastada es que la MP contribuirá a que las personas adopten medidas preventivas, basadas en el conocimiento de sus peculiares susceptibilidades genéticas. Sin embargo, diferentes estudios han demostrado que la información genética con orientación personalizada no necesariamente conduce a un cambio de comportamiento de las personas en riesgo.

En cuarto lugar, otra promesa de la MP ha sido que la farmacogenética contribuirá sustancialmente a la reducción del coste sanitario, mejorando la eficiencia en el uso de los fármacos y evitando muchos efectos secundarios. Desgraciadamente, hasta el momento, estas promesas solo se han materializado muy aisladamente. Por el contrario, ni los nuevos fármacos exquisitamente diseñados para actuar sobre dianas concretas están exentos de efectos adversos, a veces muy graves, ni pueden, en muchas ocasiones, evitar la aparición de resistencia a los mismos, derivada de la heterogeneidad clonal de muchas neoplasias. Por otra parte, su alto costo impide el acceso equitativo a los mismos, planteando desafíos para la sostenibilidad de los sistemas de salud, especialmente en países con recursos medios y bajos, pero también entre diferentes estratos sociales de países con altos ingresos.

Por último, en opinión de expertos en salud pública y economía de la salud, el énfasis de los gobiernos, las agencias de financiación, la industria farmacéutica y sectores de la comunidad científica en la investigación genómica y molecular, está cambiando drásticamente las prioridades de la investigación médica y relegando a un segundo plano la atención a los determinantes sociales de la salud y a muchas medidas preventivas convencionales que ya han demostrado un alto impacto para la población.
Con estas limitaciones sobre el tapete, ¿Que está sucediendo para que la MP sea considerada actualmente un modelo de éxito y el nuevo paradigma médico hacia el que inexorablemente debemos caminar? Instalados como estamos en una sociedad
individualista que sacraliza el mercado, la tecnología y el éxito; las razones de esta paradoja posiblemente son más sociológicas que científicas.

La corriente tecnocientífica actual parece entender la vida desde la simple perspectiva de un conjunto de mecanismos moleculares que pueden identificarse, manipularse y recombinarse individualmente. Las nuevas tecnologías, especialmente la biomedicina, más que herramientas puestas al servicio de la salud, se están convirtiendo en la gran oportunidad de la nueva economía del conocimiento, que tiende a ver la salud como un producto de consumo y no como un derecho ciudadano a proteger. En la actualidad, menudean las clínicas y laboratorios, que pregonan su vitola de excelencia alardeando de realizar una nueva MP.

Para lograr este objetivo, tan legítimo como desenfocado, los mercados han desarrollado la “narrativa hype” *, término que se refiere al diseño de un discurso capaz de generar grandes expectativas, emoción y necesidad de anticipación en torno a un producto, incluso antes de que este haya sido aprobado por las agencias evaluadoras y salido al mercado. Mediante esta estrategia, la MP se ha convertido en un concepto movilizador, que comunica ideas complejas con mensajes sencillos, que no pretenden describir una realidad, sino ayudar a construirla. El objetivo final es generar grandes expectativas en profesionales, pacientes, inversores y responsables políticos, facilitar la captación de financiación y favorecer la adopción rápida de las nuevas tecnologías propuestas.

En su obra “La estructura de las revoluciones científicas”, Thomas Kuhn afirma que, un cambio de paradigma en la ciencia solo ocurre cuando una forma de pensar predominante se vuelve obsoleta y es reemplazada por una perspectiva radicalmente distinta y capaz de modificar profundamente tanto las creencias como las prácticas aceptadas. Llegados a este punto, procede preguntarse: ¿realmente la práctica médica actual se ha vuelto tan obsoleta que es preciso cambiarla radicalmente?

Desde un punto de vista epistemológico, entre la medicina actual y la propuesta por los patrocinadores de la MP, hay más continuidad que ruptura. Los pilares de la práctica clínica, independientemente de las herramientas técnicas de apoyo que se posean en un momento determinado, seguirán siendo los mismos; la historia clínica y exploración física del paciente, formulación de una hipótesis diagnóstica, realización de las pruebas complementarias adecuadas para confirmarla, integración de la mejor evidencia científica disponible, diseño de un tratamiento, valoración del su balance riesgo-beneficio, explicación de todo ello al paciente y respeto final a su autonomía.

Es cierto que circulan cada vez más insistentemente tendencias, pretendidamente disruptivas, que consideran baladí perder excesivo tiempo en hacer una historia clínica y exploración física detalladas, menospreciando su elevado valor predictivo antes de la prueba. Existen los que defienden a ultranza, que lo importante en la medicina actual son las pruebas complementarias y que el médico del futuro, más que un buen clínico, debe ser un buen gestor de algoritmos, ignorando que esta forma de actuar despersonalizará progresivamente la práctica clínica, fomentará la iatrogenia al aumentar el diagnóstico y tratamiento de incidentalomas (hallazgos fortuitos sin valor clínico), incrementará las listas de espera y disparará el gasto sanitario.

En conclusión, en lo que llevamos de siglo, lo que ha cambiado de forma vertiginosa en la medicina son las herramientas diagnósticas y terapéuticas y la cantidad de información disponible, no los fundamentos de la práctica clínica. Cometen una falacia lógica los que, confundiendo las partes con el todo, consideran que disponer de herramientas de precisión convierte a la medicina en una ciencia de precisión alejada de toda incertidumbre. La vida no puede ser reducida a la suma de sus componentes fisicoquímicos aislados, como la práctica clínica no puede ser reducida al uso aislado de una o más herramientas de precisión.

Por todo ello, parece prudente adoptar un tono más humilde respecto al concepto de MP. En mi opinión, es más ajustado a la realidad considerar que los grandes avances tecnológicos recientes ayudarán, como otros previos, a mejorar la práctica clínica, que sostener que la medicina clínica actual precisa urgentemente de un cambio de paradigma.

* La narrativa hype (o narrativa del bombo publicitario) es una estrategia de comunicación y marketing que consiste en crear una enorme expectativa, entusiasmo artificial o urgencia en torno a un producto, servicio, persona o evento, a menudo antes de que este se lance o se conozca a fondo. El objetivo principal es capturar la atención masiva del público apelando a las emociones, el deseo de pertenencia y el miedo a quedarse fuera (FOMO, Fear of Missing Out), logrando que algo parezca mucho más revolucionario, exclusivo o imprescindible de lo que realmente podría ser.

Dr. Juan de Dios Colmenero Castillo

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No quiso tomarse la pastilla que le receté.

No quiso tomarse la pastilla que le receté.

Yo lo llamé «incumplimiento»; él lo llamó «instinto de supervivencia».

Por Dr. Lucy McBride, MD, es médica de atención primaria en Washington, D.C. y escribe el boletín «Are You Okay?» en Substack.

Es autora del libro Beyond the Prescription: A Doctor’s Guide to Taking Charge of Your Health publicado recientemente.

Traducido de Sensible Medicine

Daniel era uno de mis pacientes favoritos. A los médicos no nos gusta admitir que tenemos favoritos, pero los tenemos. Tenía unos 65 años y siempre llegaba puntual. Comía bien, hacía ejercicio y tomaba sus vitaminas. Teníamos una relación muy fluida. Estaba abierto a sugerencias y agradecía nuestras visitas. Era, en todos los sentidos, un «buen» paciente.

Excepto por una cosa que llevaba dos años insistiendo en que hiciera.

Hace un tiempo, Daniel admitió que bebía demasiado. Su mujer me había llamado una gris mañana de febrero, preocupada porque se quedaba hasta tarde bebiendo bourbon con Coca-Cola a solas. Tenía antecedentes de depresión, así que le presioné al respecto y, aunque al principio se mostró reacio, accedió a dejar de beber. Sabía que dejarlo le ayudaría con su fibrilación auricular y su apnea del sueño. Cuando estuvo sobrio y le pregunté cómo conseguía mantenerse así, me dijo que era gracias al ejercicio diario, pero sobre todo a la amenaza de divorcio de su mujer.

Sin embargo, la sobriedad no ayudó a la depresión de Daniel. La mayoría de los días se sentía irritable y sin esperanza. En los peores días, le costaba levantarse de la cama o motivarse para ducharse. A pesar de meditar, escribir en su diario y relacionarse con amigos, seguía sintiéndose melancólico. Su puntuación en el PHQ-9 se situaba constantemente en torno a 15. Era hora de recetarle un antidepresivo. «No es un signo de fracaso», le dije, «sino otra herramienta más en tu caja de herramientas». Lo rechazó de inmediato.

Así que hice lo que hacen los médicos. Le expliqué la farmacología y le expuse los datos más recientes sobre los ISRS. Le expliqué los posibles efectos secundarios y le tranquilicé respecto a lo que había leído en Internet. Le propuse la dosis inicial más baja y se lo planteé como un experimento: «Lo probaremos durante un mes». Podemos dejarlo en cualquier momento». Él siguió rechazándolo educadamente.

Una mañana de febrero, se sentó frente a mí, con el ánimo claramente decaído. Tras dos años intentando ayudarle, me moví en mi silla y le hice una pregunta diferente. En lugar de «¿Por qué no te tomas esta medicación?», le pregunté: «¿Qué significaría para ti si lo hicieras?».

Hizo una pausa y se miró los zapatos. Pensé que quizá iba a llorar. Entonces me habló de la lucha de toda una vida de su hermana contra la enfermedad mental, marcada por las hospitalizaciones y la preocupación frenética de sus padres por ella. Durante su infancia, su familia se había organizado en torno a protegerla. Su hermana era la que padecía una enfermedad mental, no él. Y él no era como ella. Ella bebía. Su matrimonio se había desmoronado. Tenía el pelo rojo (el suyo era castaño). Y lo más importante: él se había construido una vida fiable y sólida.

Me di cuenta de repente: la pastilla que le ofrecía no era solo otra receta más. Suponía un choque con la imagen que tenía de sí mismo. Significaba convertirse en ella. El argumento que yo llevaba dos años esgrimiendo había sido responder a preguntas que él ni siquiera se había planteado.

Los médicos llamamos a pacientes como Daniel «no cumplidores» —o, como hemos suavizado el término con el tiempo, «no adherentes»—. Aproximadamente la mitad de los medicamentos recetados para enfermedades crónicas no se toman según lo prescrito, y normalmente los médicos lo atribuyen a la falta de formación o de conocimientos sobre salud del paciente o, en voz baja, entre nosotros, a que «son difíciles». Nuestra primera respuesta terapéutica ante la negativa es la repetición. Entonces repetimos lo mismo más despacio, a veces con un folleto. Cuando todo eso falla, lo documentamos y seguimos adelante.

Pero los pacientes aportan sus propias historias a sus decisiones médicas, del mismo modo que aportan su personalidad a la consulta. Cuando el consejo de un médico choca con la imagen que el paciente tiene de sí mismo, el consejo sale perdiendo siempre, incluso cuando es médicamente correcto. En el caso de Daniel, la medicación nunca fue el obstáculo. Lo fue la historia que se había estado contando a sí mismo desde su adolescencia, y ninguna lógica médica podía reescribirla.

Su narrativa interna resultó ser más relevante que los resultados de sus análisis de laboratorio o sus puntuaciones en el PHQ-9. Era la información que más necesitaba para ayudarle. Y la única forma de obtenerla era con tiempo, confianza y ese tipo de conexión que solo surge cuando médicos y pacientes pueden sentarse a conversar. La historia del paciente —y el velo invisible de la autoprotección— no se puede medir en un tubo de ensayo.

Le dije que lo entendía perfectamente.

Unos meses más tarde, hacia el final de una consulta por un dolor de rodilla, Daniel me preguntó de pasada con qué dosis empezaría —si decidía tomar el antidepresivo—. Me gustaría decirte que mi máster en farmacología fue lo que inclinó la balanza. O quizá fue una de esas frases que le solté la que finalmente caló («No voy a llamar a esto enfermedad mental». «Te estoy tratando»). Me dijo que lo que había cambiado para él era el enfoque. La historia en su mente había pasado de «Me estoy convirtiendo en mi hermana» a «Esta depresión no es mi verdadero yo».

Unos meses después de empezar con el antidepresivo, el estado de ánimo de Daniel mejoró. Ya no se despertaba lleno de pavor. Su diálogo interno negativo ya no era tan intenso y, en lugar de rendirse ante él, era capaz de razonar con él. No estaba seguro de que fuera la medicación lo que le estaba ayudando, porque habían cambiado muchas otras cosas al mismo tiempo —había adoptado un perro y había empezado a cuidar su jardín—, así que ¿cómo iba a saber qué era qué?

Yo tampoco lo sabía, le dije. Pero sigamos haciendo todas esas cosas juntos. Él estuvo de acuerdo. Y eso me recordó que, tras más de 25 años atendiendo a pacientes, he aprendido que la negativa a recibir tratamiento suele ser menos una petición de más información que un indicio de algo que se esconde bajo la superficie: un rol familiar, un miedo antiguo, una regla personal sobre qué tipo de persona toma este tipo de pastillas. A veces, la historia que hay detrás de la negativa es la que necesito escuchar, porque mi consejo no encaja con el argumento. Y a veces nunca sabemos por qué alguien cambia de opinión.