La anómala situación en la que se mueve la asistencia sanitaria de las personas institucionalizadas es cada día más evidente. El problema de fondo es similar en residencias de titularidad pública y privada y da lugar a escenarios esperpénticos que hasta hace poco eran infrecuentes, pero que en épocas de crisis se están haciendo cotidianas. Los responsables políticos y sanitarios no quieren solucionarlos y acallan el problema para que todo siga aparentemente igual y no se produzca aumentos del gasto.
Desde hace tiempo y bajo la premisa de que cualquier persona tiene derecho a la asistencia sanitaria, y que el hecho de estar institucionalizada no varía en nada este derecho, a cada persona que pasa a residir en unos de estos centros se le asigna un médico de familia del centro de salud correspondiente a la zona básica donde está ubicada geográficamente la institución. El médico de familia pasa a ser el responsable de proporcionar los servicios sanitarios correspondientes a la atención primaria con la misma calidad y diligencia que a cualquier otro paciente.
Pero es a partir de aquí cuando empieza a fallar la lógica, estos pacientes no son pacientes “estándar”, ni una residencia un domicilio habitual y normal. Basta repasar los apellidos de estas instituciones (ancianos, grandes discapacitados, discapacitados intelectuales etc.) para saber que son personas muy especiales que requieren una atención mucho más intensa y que genera un consumo de recursos materiales y profesionales mucho mayor que la media habitual. Que estos pacientes se alejan del estándar lo prueba el hecho de que, en la mayoría de los centros trabajan médicos que dedican todo su tiempo al cuidado y atención de estas personas.
Los mismos servicios de salud y las áreas sanitarias habilitan procesos especiales en el suministro de material sanitario y circuitos diferenciados de emisión de recetas de medicamentos y otros dispositivos. Los servicios de de salud permite igualmente, que algunos de sus prestaciones se tramiten directamente en estos centros (públicos y privados). Los médicos de familia “gracias” al trabajo de médicos dependientes de otras consejerías o privados, y a las consideraciones comentadas antes, se ve liberado de la asistencia directa (en muchos casos, el médico de familia ni siquiera conoce a sus pacientes institucionalizados) y solo es «obligados» a realizar muchas de las tareas burocráticas que corresponden a su cuidado, bien porque los médicos de los centros no están habilitados, o bien porque en epocas especiales éstos no pueden o no quieren hacerlas.
Se produce así una burlesca paradoja, los pacientes son del médico de familia pero este no los asiste. El médico que los asiste, no es su médico y no puede constar así para ciertas situaciones burocráticas. El servicio que teóricamente le presta la asistencia es público, pero la asistencia real es ejercida por otra consejería o por la iniciativa privada.
Cuando por cualquier incidencia (huelga, absentismo, enfermedad, vacaciones) los médicos que en realidad prestan la asistencia no la realizan, la administración (la sanitaria y la otra), los directivos y capataces (léase ex-coordinadores), asignan directamente la tarea a un médico de familia sobrecargado, no familiarizado con el paciente, con complejo de tonto y cada vez mas harto. Ya no es solo tener que hacer la burocracia sino que de golpe y por el mero hecho de que la ayuda medica del residencia desaparece, tiene que atender y ser responsable de un numero amplio de pacientes especiales, y todo ello sin ningún apoyo. Si por ejemplo (real) una residencia se queda sin médico, y no se le pone sustituto, una situación que era irregular pero soportable, se convierte en imposible con repercusión importante para el trabajo del medico y para la salud de su pacientes (los de la residencia y los otros)
¿Como se puede pretender que un médico de familia con sus pacientes asignados y su consulta ya sobrecargada, se haga cargo de la asistencia de un numero importante de pacientes institucionalizados?
Respuesta de la jefecilla: son vuestros pacientes y los tenéis que ver. Pero esto es una falacia confunden la responsabilidad de la sanidad publica con la del centro de salud y con la de un médico concreto, le pasan a este sin nigun pudor una cantidad ingente de trabajo, que saben de antemano que no puede realizar con una mínima garantía. Eso si se hace creer a los familiares de los pacientes institucionalizados que la asistencia no se merma y que continúa igual que antes.
La indecencia es mayúscula pero mientras no se sepa, no pasa nada.
Este galimatías surge de la falta de normalización y reglamentación de una situación, antaño poco frecuente, pero cada vez más cotidiana. Cuando se adscribe de forma indiscriminada a las ya saturadas consultas de atención primaria esta población se está haciendo un flaco favor, tanto a estos nuevos pacientes como a los habituales, y sobre todo al médico de familia, al centro de salud y a la atención primaria.
Los problemas crecientes se minimizan por los directivos de atención primaria, que como buen estadio intermedio de una estructura jerarquizada carece de imaginación y compromiso con sus profesionales. Pero la situación ya no se puede ni debe ocultar. Es urgente una reglamentación, la que sea,, cualquier modelo es válido, desde la autonomía total de estos centros (como en otras comunidades) hasta la plena asunción de la asistencia por parte de los centros de atención primaria, eso sí, provistos de los recursos humanos y técnicos suficientes.
Como en tantas cosas, la atención primaria está siendo en este caso, el lugar donde van a parar todas las cosas que nadie quiere, puede, o sabe hacer. Pero como se le decía a Catilina nuestra paciencia se está acabando. Los pacientes institucionalizados necesitan y merecen más y mejor atención. El modelo, si se le puede llamar así, actual basado en el voluntarismo y en la improvisación, no solo repercute en el centro de salud sino, y lo que es más importante, en la atención de estos pacientes que, como más desfavorecidos, requieren un mayor esfuerzo de atención por parte de sus médicos y de la sociedad.