extraído del Diario médico:
……….. aboga por una mayor rotación de los médicos de familia por las unidades especializadas en dolor
La formación es decisiva para aliviar el dolor, pero sigue habiendo vicios del pasado con los que es necesario acabar. «Hemos avanzado mucho, y contamos con fármacos extraordinarios, pero sigue habiendo médicos de familia que no tienen en sus consultas las recetas oficiales de estupefacientes por miedo a los opioides. Cualquier protocolo debe incluir el abordaje y reconocimiento precoz de esta patología; escalas de valoración; reevaluación periódica; administración a intervalos fijos, analgesia de rescate y prevención de los efectos secundarios», según ……
Además, se echa en falta una mayor rotación de los médicos de familia por las unidades del dolor, porque, en ocasiones, «vemos algunas desviaciones desde las consultas de primaria que no están justificadas. La formación en las Facultades de Medicina no es mala, dado que todos los textos de Farmacología hacen especial hincapié en el dolor, pero falta la parte práctica con los anestesistas, intensivistas y neurocirujanos, que son las tres grandes especialidades que están abordando el dolor en los hospitales».
Por ejemplo, el uso prolongado de opioides puede provocar reacciones adversas como tolerancia, hiperalgesia, efectos hormonales e inmunosupresión. Pero, por el contrario, el especialista ha recordado que también hay evidencia de que la administración de opioides en dosis analgésicas es protectora, puesto que el dolor por sí mismo puede ser inmunosupresor.
«En dolor crónico no existen grandes estudios para población anciana, pero, en general, se aceptan una serie de recomendaciones para su uso. De cualquier modo, el uso de opioides en dolor crónico no oncológico ha demostrado su utilidad en grandes series».
Con anterioridad, el uso de opioides en dolor crónico no maligno estaba reservado a aquellos pacientes en los que fracasaban otros tratamientos. Sin embargo, hoy en día están indicados en todo dolor persistente que causa aflicción, incapacidad o impacto negativo en la calidad de vida, no existiendo evidencia de que los pacientes ancianos se beneficien menos de programas de manejo de dolor.