El factor humano

En una pequeña y gris subdirección del servicio secreto inglés, el descubrimiento de que se están produciendo filtraciones de información desencadena una tensa investigación en la que sólo hay dos sospechosos: un soltero con problemas con el juego y la bebida, y un veterano a punto de jubilarse. Las dudas se verán confirmadas cuando se tiene en cuenta el factor humano. El Factor humano por Graham Greene

La hoja roja es esa llamada prudente que recuerda al fumador el próximo fin de su librillo de papel.  Tras medio siglo de trabajo en el Departamento de Sanidad, Eloy se jubila. El festejo que organizan ante su marcha es bien poca cosa, sobre todo si se advierte el desinterés de quienes asisten a él. Tras el adiós, previsiblemente, llega el vacío, la sensación de ausencia y, sobre todo, la idea de que las manecillas del reloj no han de seguir girando por mucho tiempo.  Hija, a mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar»  La hoja roja por Miguel Delibes

Cada vez que iba a ver a María, mis ojos se depositaban en el pequeño afiche que amarillea en la pared enfrente de su cama. Mientras distraídamente hacía como que la auscultaba, repasaba las figuras que lo poblaban. Apenas se podía distinguir algo; pero había una que sobresalía: era la de María. La caricatura, aunque de una María mucho más joven, era buena: apoyada en una fregona, parecía dispuesta a fregotear un suelo sobre el que danzaban chuscas figurillas. Hacía tiempo que me interesaban más los sonidos de sus recuerdos que los de sus pulmones, así que, sin rubor, le pregunté sobre el pajizo folio que adornaba su humilde estancia

María me contestó encantada: verá, Don Rafael, como sabe enviudé muy joven; mi Pedro, el pobre, tenía un portal de joyería. A costa de trabajar mucho y dejarse los ojos y la salud, ganaba un sueldo que nos permitía salir adelante. Pero un día se levantó echando sangre por la boca, el médico dijo que era tuberculosis, pero para mí que fue las corrientes del portal. No me quedó casi nada, ni siquiera una pensión; el caso es que me tuve que poner a trabajar para sacar adelante la casa que mi Pedro había dejado tan sola. En esa época una mujer sola, con un hijo que alimentar y sin estudios solo podía hacer una cosa: fregar suelos. Afortunadamente, me pude colocar en un bufete de abogados que, con el tiempo fue creciendo, y empleaba a bastante gente. Yo era la Señora María, “la que limpiaba” y, por la razón que fuera, la gente que trabajaba allí me apreciaba y me tenía cierta consideración. Fíjese si me querían que, cuando me jubile, el último día que iba trabajar, sin avisarme, me estaban esperando con una tarta y regalos. El que más me gusto fue ese dibujo por el que me pregunta, lo hizo José Luis un meritorio que siempre estaba de broma y sabía dibujar de maravilla. ¡Bueno! también me emocionó mucho el regalo de Don Amando, el jefe del despacho, al que pocas veces veíamos, “un reloj de lujo”; mire, mire lo tengo aquí en la mesilla. ¡Pero María! Si esta sin estrenar, le respondí yo. Claro, como iba a ponerme un reloj tan bueno. Pero sabe Don Rafael, lo más bonito no fue el reloj sino las palabras de Don Amando y el abrazo que me dio al terminar. Y eso que apenas me conocía; eso le dije a Ana su secretaria después, mientras recogemos los restos de la fiesta. Ana me contestó: pues es verdad, eso mismo le dije yo a Don Amando, y sabes lo que me respondió. ¡Si dime! Pues que te conocía, que durante treinta años no te había visto mucho pero que todos los días veía tu excelente trabajo y sobre todo el cariño con que colocabas su mesa.

Cuando hace pocas semanas despedimos a nuestro colega Ángel camino de su jubilación, no sé muy bien la razon, recordé estas tres historias (dos prestadas y una mía…. y de María) y lo recordé, sobre todo, cuando me enteré de que el único mensaje de despedida de la sanidad pública en la que había trabajado toda su vida fue un breve y frío correo electrónico.

Publicada en 7DM sección opinión

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