Etiquetado: Escorbuto

El país donde florece el limonero

¿Conoces el país en donde florecen los limoneros,
las doradas naranjas brillan entre el follaje oscuro,
un suave viento sopla del cielo azul
y crecen plácido el mirto y alto el laurel?

Johann Wolfgang von Goethe,
Mignon. Kennst du das Land

El país al que hace referencia el poema que da título al texto es Italia. Fue precisamente allí, en Sicilia —y más concretamente en la región conocida como la Concha de Oro, cerca de Palermo— donde, gracias a James Lind, aumentó notablemente la producción de limones. Este médico inglés realizó el primer ensayo clínico documentado y demostró la eficacia del zumo de limón en el tratamiento del escorbuto. Tras este descubrimiento, la Armada británica —aunque con un considerable retraso, conviene señalarlo— seleccionó a Sicilia como principal proveedor de zumo de limón para la prevención del escorbuto durante las largas travesías marítimas de las tripulaciones de sus barcos. La isla se convirtió en uno de los principales productores y exportadores de cítricos, generando grandes ganancias para los propietarios y agricultores. Por desgracia, las dificultades de este cultivo, que requería grandes inversiones y esperas, unidas a un contexto de un estado débil y altos índices de pobreza, hicieron que surgieran grupos locales que empezaron ofreciendo protección y terminaron extorsionando y controlando no solo los cultivos, sino también los mercados y las rutas de exportación . Se originó así la Cosa Nostra. De esta curiosa forma se enlazó a Goethe, con el primer ensayo clínico, las vitaminas de los zumos de los limones y la mafia.

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Las naranjas de Lind

Por Gonzalo Casino

Con la distancia de los siglos y el salto en las condiciones de vida y salud, parece mentira que el escorbuto fuera una epidemia tan mortífera. El carácter epidémico de la enfermedad se hizo patente a partir del siglo XV, cuando empezaron las largas singladuras marinas en las que las tripulaciones se veían diezmadas por la deficiencia prolongada de vitamina C. Hoy nos parece increíble que entre los siglos XVII y XIX pudieran morir un millón de marineros en todo el mundo por la carencia de una sustancia que está presente en alimentos tan comunes como las frutas y verduras. Por más que almirantes, capitanes y médicos, principalmente de la marina inglesa, se devanaban los sesos sobre la causa de la llamada “peste del mar” o “peste de las naves”, sus sospechas no iban mucho más allá de la madera verde de las naves o del viento frío del mar. Y para combatirlo se propugnaban remedios tan peregrinos como la ingesta de mostaza, caldo de pollo, luciérnagas, sangre de cobaya, soda o aceite de vitriolo (ácido sulfúrico diluido). El escorbuto fue considerado una enfermedad contagiosa hasta que se descubrió que era simplemente un déficit nutricional y, finalmente, se aisló la vitamina C en 1927.

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