Capacidad de respuesta de la atención primaria (I)
Gérvas J, Pané Menab O, Sicras Mainar A y Seminario Innovación en Atención Primaria 2006. Capacidad de respuesta de la atención primaria y buena reputación profesional, algo más que buen trabajo clínico. Med Clin (Barc). 2007;128(14):540-4
En este artículo se analizan siete cuestiones que hacen evidente la necesidad de una gestión innovadora que potencie la capacidad de respuesta de los médicos, su valía profesional y, con ello, su buena reputación; una gestión capaz de fomentar la cultura clínica de calidad y de motivar, facilitar y ayudar a los médicos clínicos a disminuir la brecha entre eficacia y efectividad
1ª cuestión
Las necesidades y demandas de salud de la población y de los pacientes ¿existen, se crean y/o se transforman?
Las definiciones de enfermedad, y de enfermo, son culturales, muy cambiantes. También es cambiante la respuesta a ellas. Bien lo demuestra, por ejemplo, la fiebre, que ha pasado de ser un signo positivo (y provocado) a «combatirse» intensamente, o la percepción del embarazo normal como situación de riesgo y, per se, causa de baja laboral.
En general, a mayor bienestar económico corresponde un mejor nivel objetivo de salud (médicamente valorado), y un peor nivel subjetivo de la misma (la «paradoja de la salud»). Las cosas suceden como si hubiera una tendencia social y científica a la búsqueda de la eterna juventud, a la que se responde desde la corporación profesional científico- industrial con remedios que buscan el riesgo nulo, el control absoluto de la incertidumbre del vivir, la «pornoprevención».
Esta respuesta sube del denominador al numerador a muchos sanos e incrementa el número de los pacientes (los que sufren y consultan, con independencia de que su enfermedad o problema sea cierto o imaginario). No es tanto el aumento del coste del diagnóstico y tratamiento de las enfermedades y factores de riesgo, sino los efectos adversos de la «promoción de la salud» y de las cascadas diagnósticas y terapéuticas que comportan las intervenciones innecesarias. De ahí la importancia de que los médicos de familia potencien su credibilidad, para poder definir enfermedad, salud y factor de riesgo, en paralelo, coincidiendo o en contra de los especialistas y «expertos ». La buena gestión puede ayudar a que el médico no se decante siempre por la línea de menor resistencia (la de una visión clínica intervencionista, que se inculca en los estudios de pregrado, se refuerza en la residencia y se desarrolla en la práctica clínica diaria); por ejemplo, centrando la actividad asistencial en la mortalidad, la morbilidad y el sufrimiento sanitariamente evitable (y no en los «programas de salud» al uso, de dudosa eficacia, cuando menos), y también en la colaboración con la comunidad, para la «desmedicalización » de la sociedad, como se ha probado con relativo éxito.
Indudablemente, los gestores pueden ayudar a conseguir buena reputación con la difusión de conocimiento entre los profesionales respecto a la invención y propaganda de enfermedades, de forma que la ignorancia (por negligencia o engaño) se transforme en actitud activa de búsqueda de la verdad y pueda darse una respuesta científica honrada, capaz de señalar los límites, beneficios y riesgos de la medicina y de la actividad médica. Así, la formación continuada lleva a la respuesta óptima (no «la mejor» o «perfecta», sino la posible en esas circunstancias), como resultado de los múltiples vectores que confluyen en la consulta (ciencia y conciencia profesional, autonomía y expectativas del paciente,
incertidumbre clínica, etc.).